jueves, 10 de enero de 2008

KENIA


Para entender el actual contexto político de Kenia hay que volver por lo menos a 1982, cuando el entonces presidente Daniel arap Moi transformó a Kenia en una brutal dictadura luego de un intento de golpe de estado. Mantuvo sin embargo algunos aspectos de ‘fachada’ que le permitían ‘vender’ su gobierno como democracia. Todo ello, es bueno notarlo, manteniéndose siempre como fiel aliado de Inglaterra y de los Estados Unidos, así como amigo de occidente. Sería demasiado largo seguir desde 1982 la carrera política de los dos principales protagonistas de la crisis actual, Mwai Kibaki y Raila Odinga. Baste decir que ambos fueron aliados de Moi y adversarios de Moi, aliados de todos y adversarios de todos, también entre ellos. En ninguno de ambos casos se puede hablar de posiciones ideológicas, sino siempre y sólo de alianzas para llegar al poder. Ambos tienen una importantísima fortuna personal que en algunos casos no dudan en ostentar. Es famoso el Hummer de Raila, un vehículo todo-terreno que cuesta varias decenas de euros y hace dos kilómetros con un litro de bencina, que el político usa para visitar Kibera, la mayor ‘favela’ de Nairobi, que forma parte de su “colegio” electoral. Creer que estos dos señores estén motivados por el deseo de servir a su país, o que sean paladines de la democracia o de los pobres, es caer víctimas de una peligrosa ilusión. Sus actitudes están descritas bien en el editorial del primero de enero en el ‘Nation’, el mejor diario de Nairobi: «Durante la campaña electoral ni el PNU ni el ODM han demostrado un particular control o respeto por la estabilidad del país. El ‘mantra’ parecería haber sido siempre: lo gobernamos o lo quemamos». La incontrolada sed de poder y de proteger con el poder las riquezas adquiridas más o menos legalmente, es el motor de la actividad política de estos partidos. Dicho esto, hay que hacer algunas distinciones. Mwai Kibaki, desde que llegó al poder hace cinco años, hizo reformas importantes: instrucción gratuita durante los ocho años de escuela elemental, garantizar la libertad de expresión y de prensa (durante cinco años no hemos tenido prisioneros políticos y mucho menos asesinatos políticos como sucedía con Moi, y jamás hubo en Kenia una campaña política tan limpia como la última...); una serie de medidas económicas que pusieron nuevamente en marcha la economía, que el los últimos años de Moi tuvo un crecimiento negativo, mientras desde el 2004 creció más del 5% anual. Dos grandes fracasos de Kibaki: La corrupción omnipresente, heredada de los 24 años de desgobierno de Moi, no ha sido combatida con la eficacia y la determinación que el ciudadano común habría querido. Sí, ha sido reducida mucho, pero sigue siendo un cáncer que impregna toda la sociedad keniana. Además, la nueva constitución, prometida por Kibaki apenas elegido, no ha sido aprobada todavía y la consecuente promesa de descentralización del poder no ha sido cumplida. Por su parte, Raila Odinga, que entró en el gobierno como miembro de la coalición de Kibaki cinco años atrás, luego pasó a la oposición con el tema de la nueva constitución. Y logró hacer rechazar la constitución propuesta por Kibaki en un referendo dos años atrás. El ODM nació del impulso de haber logrado rechazar la constitución. Luego Raila concentró el poder del movimiento y exasperó la cuestión tribal. Desde hace más de un años, la palabra de orden entre los ‘luo’ -el grupo étnico de Raila que tiene un peso predominante en el ODM, del mismo modo que los ‘kikuyu’, grupo étnico de Kibaki, la tienen en el PNU- es ésta: «Llegó nuestro turno de gobernar el país». Para transformarse más recientemente en «si perdemos las elecciones quiere decir que hubo fraude». Además, Raila ha jugado dos cartas peligrosas durante la campaña electoral. La primera ha sido su promesa de implementar el “majimboismo”, una especie de regionalismo que había sido propuesto en los años noventa por Moi y rechazada en aquel entonces por Raila. No ha especificado, sin embargo, los contenidos de este “majimboismo”, dejando temer así (también en referencia a la historia personal de Raila, que se tratara concretamente de una especie de rígido regionalismo que habría fracturado al país. Después ha firmado con los notables de las comunidades musulmanas un “Memorandum of Understanding” (MoU, un ‘memorando de entendimiento’) cuyos contenidos no han sido divulgados jamás con claridad. Sus adversarios, y muchos cristianos, consideran que este MoU sea un error, porque propone una distinción de los ciudadanos kenianos sobre la base de su pertenencia religiosa. Y esto ya es un hecho contrario a la constitución en vigor, como es contrario al proyecto de constitución de de la ODM. Kibaki y su grupo no han encontrado otra cosa que hacer que reaccionar a esta campaña levantando empalizadas y dejándose aprisionar por la trampa de los estereotipos étnicos. Esta ‘etnicización’ de la política es responsabilidad exclusiva de los líderes. Citando todavía el editorial del Nation, dirigido a Kibaki y Raila: «No hubo jamás tanta animosidad entre gente que ha vivido juntos durante muchos años como buenos vecinos. El caos que estamos viviendo es producto de la elite tribal, económica y política que se identifica con ustedes». No se puede negar que el aspecto étnico se ha vuelto central. Es inútil girar en torno al problema. Odinga en primer lugar, pero también Kibaki y su partido, durante los últimos tres años, por razones de oportunidad política personal, han dado toda una serie de pasos intencionales (y a veces tal vez sólo pasos equivocados), que han alimentado la animosidad étnica. Ambos partidos usan ocasionalmente, sobre todo en los momentos críticos, el apoyo de los “mungiki” y de pandillas organizadas y pagadas de jóvenes desocupados y desesperados. Los mungiki nacieron a comienzos de los años noventa como una comunidad de kikuyu que quería volver a su religión ancestral, a la veneración de Ngai (Dios) representado por el monte Kenia, etc. Lentamente este grupo degeneró en una especie de pequeña mafia que en Nairobi ha controlado, por ejemplo, algunas de las líneas de transporte, y que logra movilizar a sus adeptos también para acciones violentas y criminales. En estos grupos hay ahora también no-kikuyus, aunque la tendencia sea la de identificarse con la defensa de las comunidades y de los intereses de los kikuyu. A esta secta para-religiosa se oponen las pandillas de jóvenes desocupados de Kibera, controlados por Raila Odinga, de las que éste siempre se ha servido para provocar desórdenes callejeros, más de una vez en busca de muertos que pudiera utilizar para sus propios fines. Son los dos peores rostros del enfrentamiento que se está produciendo. No tengo elementos ciertos para comprender qué está sucediendo fuera de Nairobi: las noticias son fragmentarias y siempre interesadas. En Nairobi, sin embargo, puedo decir que la mayoría de las víctimas de estos últimos días no han muerto en enfrentamientos con la policía, sino en acciones organizadas por estos dos grupos. De este modo en Kawangware, donde predominan los kikuyu, han atacado las casas y pequeñas actividades artesanales de los luo, mientras en Kibera ocurrió lo opuesto. Lamentablemente, como sucede siempre, los que pagan el pato son las personas inermes e inocentes.

Fuente: P. Kizito Sesana [MISNA]

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